LECTIO DIVINA 9º 10º 11º
EL ENCUENTRO DE JESÚS CON LA MUJER SAMARITANA
La grandeza de un don Juan 4,5-42
La grandeza de un don Juan 4,5-42
Introducción
Nadie duda de la importancia del relato que ahora
vamos a abordar. El relato del encuentro de Jesús con la mujer samaritana
(Juan 4,5-42), es considerado como uno de los pasajes más leídos y estudiados
del Evangelio según san Juan y quizás de todos los evangelios. Esto se debe a
su belleza literaria, pero sobre todo al drama espiritual que se va delineando
a lo largo de la conversación entre Jesús y la mujer, en el cual –a través del
impacto de la lectura- siempre descubrimos también algo del drama espiritual
que sucede dentro de nosotros mismos.
DE LA PERSONA A LA COMUNIDAD
Valga anotar desde el comienzo que el relato que ahora
nos ocupa no se limita exclusivamente al encuentro de Jesús con la mujer
samaritana (Juan 4,5-26), sino que involucra también a todos los habitantes de
Sicar (Juan 4,39-42). Es un encuentro personal pero también colectivo –o
mejor “comunitario”-, en el que el encuentro con un solo personaje nos permite
entender anticipadamente, y sin necesidad de volver a repetir todos los
detalles, lo que sucede en el encuentro con toda una ciudad.
Si observamos bien el relato notaremos que es
justamente para el momento final, cuando lo sucedido con la samaritana se
replica con toda una ciudad, que el evangelista ha dejado el momento culminante
del encuentro: la “confesión de fe” de parte de la gente y el “permanecer” con
ella por parte de Jesús. Por lo tanto, todo el relato sigue un itinerario
bien definido, como un movimiento fuerte que se va desencadenando hasta que
tiene su impacto definitivo en el momento final.
En el centro: una
lección para la comunidad de los discípulos
En el centro del relato, es decir, en medio del
encuentro de Jesús con la sicariense y con la ciudad de Sicar, encontramos una
conversación de Jesús con sus discípulos (4,27-38), la cual nos da otro ángulo
de lectura del encuentro vivido.
Esta bella página del evangelio de Juan apunta
entonces al “discipulado”. En esta primera conversación de Jesús con su
comunidad de discípulos, notamos cómo se da un nuevo paso en el programa
inicial del evangelio, resumido en el “vengan y vean” (Juan 1,39). De aquí
aprehenderemos algunas luces de la pedagogía pastoral de Jesús.
LA GEOGRAFÍA ESPIRITUAL DEL ENCUENTRO CON JESÚS
Está claro que este relato retrata el camino
pedagógico de un encuentro con Jesús. Pero, antes de analizarlo con mayor
detalle, de manera sintética ¿qué caracteriza este encuentro?
(1) Es un encuentro que va desde fuera hacia
dentro de la ciudad: comienza con Jesús y la samaritana solos junto al pozo,
luego entra en escena la comunidad de los discípulos y junto con ellos Jesús
contempla los campos, finalmente Jesús es conducido hacia dentro de la ciudad,
donde es acogido como huésped de honor.
(2) Es un encuentro que va da del pozo físico al
pozo del corazón: el corazón humano que por sí mismo no puede producir vida, el
corazón de Dios de donde viene el don inagotable de la vida.
(3) Es un encuentro verdaderamente salvífico que
conduce de la conciencia del pecado (la lejanía de Dios) a la experiencia
plenificante de la adoración de Dios (la entrega de la vida a él) según la
manera como Jesús la enseña.
(4) Es un encuentro que va de la disgregación a
la congregación. En el encuentro con el Verbo se da un proceso que quiebra
dicotomías, reconciliando hombre-mujer (conflictos de género), judío-samaritano
(enemigos políticos), verdadero-falso adorador de Dios (discriminaciones
religiosas).
(5) Es un encuentro que integra lo personal y lo
comunitario, la experiencia personal y la misión. La samaritana vive su
experiencia personal de Jesús pero confiesa su fe sólo junto con su comunidad.
El encuentro salvífico de Jesús con la samaritana es el punto de partida de la
misión: de la samaritana misma y de los discípulos.
(6) Finalmente, es un encuentro que va del “no
tener” al “tener” (del “tú no tienes” al “yo te puedo dar”). Su función
es educar para comprender la grandeza del don de Jesús, la necesidad que
tenemos de él, la manera como se “ob-tiene” y el llamado a compartirlo.
Releamos ahora atentamente el texto para que veamos
cómo se va dando esta pedagogía del encuentro. Seguimos el esquema amplio de
las tres escenas planteado arriba:
• Primera parte: Jesús y la samaritana
• Segunda parte: Jesús y sus discípulos
• Tercera parte: Jesús y los samaritanos de Sicar
1. Primera parte:
Jesús y la samaritana (Jn 4,5-26)
La misión de Jesús: de
la sed a la saciedad
Para captar mejor el impacto del encuentro de Jesús
con la samaritana es importante que le pongamos atención en primer lugar al
contexto en que se da:
(1)
El motivo por el que
Jesús está ahí
(2) El lugar
(3) La hora
(4) Las condiciones físicas de
Jesús
(5) La atmósfera de la relación
Veamos:
(1) El motivo
El motivo por el que Jesús se encuentra en las
inmediaciones de la ciudad (o mejor: aldea) de Sicar es su viaje de Judea a
Galilea (v.3), en el cual Samaría es lugar de paso obligado (v.4).
(2) El
lugar
El lugar: “el pozo de Jacob” (v.6). Jesús llega a otra
tierra hostil, la región samaritana, y se detiene junto al pozo que se
encuentra cerca (aproximadamente un kilómetro) de la ciudad de Sicar (v.5).
Normalmente las ciudades antiguas se construían cerca de una vía importante y,
lo que era esencial, junto a una fuente de agua que abasteciera la ciudad.
Puesto que no había sino un solo pozo para cubrir todas las necesidades de la
población, este lugar era [1] sitio habitual de encuentro de la gente (por
ejemplo Gn 29,2-4),
[2] sitio de conflictos por la propiedad (por ejemplo: Gn 26,19-22); y, puesto que en la época el ir a buscar agua era tarea primordialmente femenina (ver 24,13), también era [3] sitio para enamorar, buscar esposa, y por esto mismo eventualmente peligroso para las mujeres (por ejemplo Ex 2,16-19). Podríamos entonces decir que Jesús está en un lugar estratégico.
[2] sitio de conflictos por la propiedad (por ejemplo: Gn 26,19-22); y, puesto que en la época el ir a buscar agua era tarea primordialmente femenina (ver 24,13), también era [3] sitio para enamorar, buscar esposa, y por esto mismo eventualmente peligroso para las mujeres (por ejemplo Ex 2,16-19). Podríamos entonces decir que Jesús está en un lugar estratégico.
(3) La hora
La hora: “era alrededor de la hora sexta” (v.6).
El dato es preciso: era mediodía. Se entiende por qué a la hora del calor un
viajero quiera sentarse junto a un pozo. Se entiende también por qué los
discípulos han recorrido la poca distancia que les queda de la ciudad “para
comprar comida” (v.8), es la hora del hambre y de la sed. Se puede
intuir, incluso, qué afán trae la mujer cuando viene al pozo.
(4) Las condiciones físicas de Jesús
Las condiciones físicas: “se había fatigado del
camino” (v.6). Los datos anteriores nos permiten comprender la fatiga de
Jesús. Cuando contemplamos el rostro de Jesús en el pasaje de la
samaritana no sólo nos encontramos con un viajero que ha terminado mal la
primera parte de su misión sino que también está exhausto físicamente. El
favor que le pide a la samaritana –“Dame de beber” (v.7)- no es un simple
truco, es real. El que le da carne al Verbo de Dios es un necesitado.
(5) La atmósfera de la relación
La atmósfera de la relación: “¿Cómo tú siendo judío me
pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (v.9). La atmósfera es de
nuevo de tensión, la primera reacción de la mujer es agresiva (lo que nos
recuerda el comportamiento inicial de los discípulos de Emaús con el
desconocido peregrino: Lc 24,18). Se ponen de relieve las dos causas del
distanciamiento con relación a Jesús: [1] está tratando con una “mujer”: esto
es peligroso, la mujer se protege, pero también saca a relucir la habitual
discriminación que vive; [2] ella es “samaritana”, por razones históricas él es
su enemigo. El mismo evangelista lo comenta, “Porque los judíos no se tratan
con los samaritanos” (v.9), esto es:
• Mientras los samaritanos (del norte) se consideraban los descendientes de los patriarcas (ver 4,12.20: “nuestro padre Jacob”, “nuestros padres adoraron en este monte”), se autodenominaban el “resto de Israel” (destruido por los Asirios en el 722 antes de Cristo) y se atenían únicamente a los cinco rollos de la Torá (Pentateuco),
• Lo judíos (del sur), con su mirada puesta en la ciudad Santa Jerusalén, los consideraban como una población semipagana (ver 2 Reyes 17,24-41), les habían impedido la participación en la reconstrucción del templo después del exilio (ver Esdras 4,1-24) y los discriminaban con esta frase: “el pueblo estúpido que habita en Siquem” (Eclesiástico 50,26).
• Mientras los samaritanos (del norte) se consideraban los descendientes de los patriarcas (ver 4,12.20: “nuestro padre Jacob”, “nuestros padres adoraron en este monte”), se autodenominaban el “resto de Israel” (destruido por los Asirios en el 722 antes de Cristo) y se atenían únicamente a los cinco rollos de la Torá (Pentateuco),
• Lo judíos (del sur), con su mirada puesta en la ciudad Santa Jerusalén, los consideraban como una población semipagana (ver 2 Reyes 17,24-41), les habían impedido la participación en la reconstrucción del templo después del exilio (ver Esdras 4,1-24) y los discriminaban con esta frase: “el pueblo estúpido que habita en Siquem” (Eclesiástico 50,26).
En su primer contacto con Jesús la mujer coloca las
cartas sobre la mesa: “Tú eres”, “Yo soy”. La relación se da sobre el
plano de lo accidental, de la etiqueta regional heredada, y no sobre el ser
mismo de las personas. La primera afirmación de la samaritana sobre Jesús
es: “Es un Judío”. Esta, precisamente, es la primera apariencia del Verbo
encarnado.
Pero Jesús sabe pasar por encima de estas primeras valoraciones y con
maestría conduciendo un itinerario interno por medio del cual ayudará a la
mujer a comunicarse expresando, desvelando su corazón y expresando su realidad
más profunda. Esto se da en tres pasos:
- Jesús le abre los horizontes para que descubra el “don”. Itinerario del “Dame de beber” (Jesús) al “Dame de esa agua” (Samaritana). Jn 4,7-15.
- Jesús se revela como el que conoce. El camino de un doble conocimiento. Jn 4,16-18.
- Jesús le abre los horizontes para que descubra el “don”. Itinerario del “Dame de beber” (Jesús) al “Dame de esa agua” (Samaritana). Jn 4,7-15.
- Jesús se revela como el que conoce. El camino de un doble conocimiento. Jn 4,16-18.
- Jesús revela la naturaleza del don de Dios. Itinerario del “Tú eres”
(=Profeta) al “Yo soy” (=el Mesías). Jn 4,19-26.
Primer paso: Jn 4,7-15 Jesús le abre horizontes a la
samaritana:
Del “Dame de beber” (Jesús) al “Dame de esa agua” (Samaritana).
Del “Dame de beber” (Jesús) al “Dame de esa agua” (Samaritana).
Al pedirle agua a la samaritana, “Dame de beber”
(v.7), Jesús le expresa que necesita ayuda, que depende de ella para solucionar
una de sus necesidades básicas. Además,
Jesús inicia la conversación colocándose en una posición completamente
inofensiva, la mujer no tiene por qué sentirse invadida, ni coaccionada. Jesús
apela a sus sentimientos de misericordia, quiere ayudarla a expresarse desde lo
más profundo de ella misma.
Pero paradójicamente la situación se invierte al
final, cuando es la mujer misma la que clama: “Señor, dame de esa agua, para
que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla” (v.15). Es la mujer
quien descubre que depende de Jesús para solucionar su necesidad básica no
fisiológica y más profunda, una sed que tiene una causa más honda y que está
relacionada con el sentido de su existencia.
Los temas que jalonan la conversación son:
• la “sed” (vv.13.14.15)
• el “agua” (vv.10.11.13.14.14.14.15)
• el “don” (“don”: vv.10; “pedir”: v.9.10.14.15;
“dar”: v.7.10.10.12.14.14.15;
“tener”: vv.12.13.14.14.14).
(1) LA “SED” Y EL “AGUA” DE LOS HOMBRES
La mujer viene al pozo todos los días, buena parte de
su vida está circunscrita a ese pequeño trayecto. La ida al pozo representa un
círculo vicioso al que está obligada de por vida: siempre tendremos necesidad
del agua, porque por más que bebamos siempre tendremos sed.
Con la imagen, Jesús está poniendo a la luz lo que
representa una característica de la situación de todo hombre:
[1] Para poder vivir necesitamos del agua. Ciertamente sin agua no hay vida.
[2] Por más que queramos no podemos extinguir la sed de una vez por todas, asegurándonos así la vida. Debemos beber siempre de nuevo: “todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed” (v.13).
[3] Aún la mejor agua del mundo no hará más que mantenernos siempre vivos en cuanto dura esta vida terrena. Ninguna agua tiene el atributo de salvarnos definitivamente de la muerte.
[1] Para poder vivir necesitamos del agua. Ciertamente sin agua no hay vida.
[2] Por más que queramos no podemos extinguir la sed de una vez por todas, asegurándonos así la vida. Debemos beber siempre de nuevo: “todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed” (v.13).
[3] Aún la mejor agua del mundo no hará más que mantenernos siempre vivos en cuanto dura esta vida terrena. Ninguna agua tiene el atributo de salvarnos definitivamente de la muerte.
Sobre esta base, Jesús lanza su propuesta de un “agua
viva”. La reacción final de la mujer demuestra que ésta finalmente quedó
desarmada en sus objeciones y quedó antojada del don de Jesús: “Señor, dame de
esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla”
(v.15).
(2) EL “AGUA
VIVA” Y EL “DON” DE JESÚS
Todos podemos ahora entender junto con la samaritana a
dónde está queriendo llegar Jesús. Él afirma que tiene algo distinto para
dar: el “don de Dios” que la vida en plenitud.
Jesús llama a su don “agua viva” (no sólo que da vida
sino inagotable) y “fuente que mana” con tal fuerza (mayor que la de
cualquier manantial) que puede extinguir la sed de una vez por todas y dar la
vida eterna: “el que beba de esta agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino
que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que mana para
dar vida eterna” (v.14).
La enseñanza de Jesús es tan contundente y tan clara
como esto: así como para la vida terrena dependemos del agua natural, así
para la vida eterna dependemos del don de Dios.
Pero para poder recibir este don de Dios hay dos
condiciones:
[1] Entender en la verdadera naturaleza del don: “Si conocieras el don de Dios” (v.10)
[2] Reconocer la identidad profunda de Jesús: “Si conocieras quién es el que te dice...” (v.10).
[1] Entender en la verdadera naturaleza del don: “Si conocieras el don de Dios” (v.10)
[2] Reconocer la identidad profunda de Jesús: “Si conocieras quién es el que te dice...” (v.10).
En otras palabras, el don de Dios viene del encuentro
con Jesús. Invirtiendo las frases anteriores: un encuentro en que llega conocer
quién es él -¿QUIÉN ES JESÚS?-, un encuentro en el que se conoce el don de Dios
que está en él -¿QUÉ ES LO QUE JESÚS TIENE PARA OFRECERME?-.
En consecuencia, el don de Dios depende, como veremos
enseguida, del reconocimiento de su identidad:
[1] Como “Profeta” que me revela mi verdad (v.19).
[2] Como “Mesías” (=Cristo) “que lo desvelará todo” (v.25) y que lleva al hombre a la verdadera comunión con Dios.
[3] Como “Salvador”, no sólo de la samaritana o de los discípulos sino de todo el mundo (v.22.42)
[1] Como “Profeta” que me revela mi verdad (v.19).
[2] Como “Mesías” (=Cristo) “que lo desvelará todo” (v.25) y que lleva al hombre a la verdadera comunión con Dios.
[3] Como “Salvador”, no sólo de la samaritana o de los discípulos sino de todo el mundo (v.22.42)
Notemos ahora, cómo en la medida en que la samaritana
va descubriendo la identidad de Jesús, al mismo tiempo va comprendiendo las
dimensiones del don de Dios en la persona de Jesús, el Verbo de Dios en el que
inicialmente no vio más que a un judío.
Segundo paso: Jn 4,16-18
El camino de un doble conocimiento
Una vez que la samaritana suplica el don del agua
viva, Jesús, mediante un aparente cambio de tema, le da una nueva dirección a
la conversación. El tema ya no es el agua sino ella misma.
Esta es la manera concreta como, después de haberla
antojado, comienza a darle de beber del agua viva. ¿Cómo lo hace?
Jesús le demuestra que la conoce. Este
conocimiento va en dos direcciones:
- Jesús le revela la verdad de su vida - Esto la impresiona y la lleva a descubrir la identidad de Jesús
- Jesús le revela la verdad de su vida - Esto la impresiona y la lleva a descubrir la identidad de Jesús
(1) JESÚS LE REVELA LA
VERDAD DE SU VIDA
La mujer ya ha dicho que no quiere seguir en el
círculo vicioso de idas y venidas al pozo. Sin embargo Jesús la pone a hacer un
nuevo viaje de ida y venida, sólo que esta vez el itinerario es al contrario,
el destino es su casa: “Vete, llama a tu marido y vuelve acá” (v.16).
La respuesta es breve y seca: “No tengo marido”
(v.17). Jesús le responde ampliando la información y demostrándole que él
lo sabe todo: “Has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido
tuyo”. Al mismo tiempo reconoce la sinceridad de la mujer: “Bien has dicho...
has dicho la verdad” (vv.17-18).
De esta manera Jesús le muestra que la ida cotidiana
al pozo es lo de menos en su vida, que ella tiene una vida agitada que la ha
encerrado en un círculo de pecado. En Israel estaba permitido llegar a casarse
hasta tres veces, si trasponemos esto al mundo samaritano tendríamos que pensar
que la mujer está en una situación sumamente grave. Pero los detalles de
la situación no importan, sino la situación misma: la mujer no está bien y ella
misma lo reconoce (el efecto está conseguido: “has dicho la verdad de tu
vida”). Queda planteada su necesidad de salvación.
El tipo de conocimiento que la mujer tiene de sí misma
es el que el mismo Evangelio viene enseñando desde el comienzo, es decir, el de
la iluminación de la verdad del corazón: “Todo el que obra el mal aborrece la
luz y no va a la luz para que no queden censuradas sus obras” (3,20). La
mujer está ante la Luz del Verbo, queda todavía por saber cómo va a reaccionar.
(2) LA MUJER DESCUBRE
LA IDENTIDAD DE JESÚS
Nuestro relato no está interesado en las cuestiones
morales de la mujer sino en el hecho de que Jesús conoce bastante bien su
realidad. La mujer queda profundamente impresionada, como ella misma dirá
más adelante, este es justamente el momento que quedará en su memoria de todo
el encuentro: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”
(v.29; igualmente en el v.39). Sus paisanos pasarán por la misma
experiencia (ver el v.42).
La misma mujer que se burló de él cuando le dirigió la
palabra (v.9), que le lanzó una ironía cuando le habló del agua viva
(vv.11-12), es la misma que ahora se admira de él (v.19). Pero su misma
respuesta en el v.15 muestra que ella ya venía intuyendo que se encontraba
delante de alguien especial. Dado que Jesús conoce bien cómo está su vida
privada y todo lo que ha hecho, la mujer comienza también a saber quién es él y
lo llama “Profeta” (v.19).
La mujer conoce a Jesús como “aquél que me conoce”: el
que conoce a fondo su vida, su historia y sus necesidades. Ya no es “el
Judío” (v.9), ahora es el “Profeta”, aquel que ve su vida con la mirada de Dios
y la interpreta.
Jesús había sido presentado en el Evangelio como “el
que conoce”: “...Los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera
testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre”
(2,24b-25).
Pero todavía falta un paso en el encuentro con Jesús.
Tercer paso: Jn 4,19-26
Jesús revela la naturaleza del don de Dios
En el tercer paso del encuentro de Jesús con la
samaritana vemos cómo Jesús desvela la naturaleza del don que él mismo ha
ofrecido (v.10), que la samaritana ha pedido (v.15) y que ya está en
condiciones de comprender.
Veamos en el esquema del tercer paso del encuentro con
Jesús un itinerario interno bien interesante:
• La dinámica: De la petición a la respuesta
• La evolución interna de la samaritana: De pecadora a adoradora de Dios
• La revelación de Jesús: Del lugar al modo de la verdadera adoración
• La dinámica: De la petición a la respuesta
• La evolución interna de la samaritana: De pecadora a adoradora de Dios
• La revelación de Jesús: Del lugar al modo de la verdadera adoración
Pero antes de entrar a fondo en el texto, notemos
algunos elementos curiosos del itinerario del encuentro con Jesús.
• Llama la atención que así como el primer paso estaba enmarcado por el “dame de beber” (vv.7.15), este tercer paso tenga también un marco propio: del “Tú eres” (=Profeta) al “Yo soy” (=el Mesías), es decir, lo que la mujer descubre maravillada sobre la identidad de Jesús, en un primer momento, a la revelación que Jesús hace de sí mismo como Mesías.
• La samaritana está preparada para identificar al Mesías como “Aquel que lo desvelará todo” (v.25; ver 1,18: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre él lo ha contado”). Queda el siguiente esquema:
- La mujer confiesa a Jesús como Profeta (v.19)
- Jesús se revela a sí mismo como el Mesías, el enviado de Dios, que lo desvelará todo (vv.25-26).
• Llama la atención que así como el primer paso estaba enmarcado por el “dame de beber” (vv.7.15), este tercer paso tenga también un marco propio: del “Tú eres” (=Profeta) al “Yo soy” (=el Mesías), es decir, lo que la mujer descubre maravillada sobre la identidad de Jesús, en un primer momento, a la revelación que Jesús hace de sí mismo como Mesías.
• La samaritana está preparada para identificar al Mesías como “Aquel que lo desvelará todo” (v.25; ver 1,18: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre él lo ha contado”). Queda el siguiente esquema:
- La mujer confiesa a Jesús como Profeta (v.19)
- Jesús se revela a sí mismo como el Mesías, el enviado de Dios, que lo desvelará todo (vv.25-26).
La conversación se reduce a una observación de la
samaritana sobre el lugar de la adoración (v.20) y a la respuesta de Jesús
sobre el modo de la adoración (vv.21-24). Al desarrollar el tema de la oración
Jesús llega hasta el fondo en la revelación del don de Dios, él no es solo el
Profeta que revela la verdad del corazón humano sino que también desvela la verdad
del corazón de Dios.
(1) La dinámica: De la
petición a la respuesta
Es importante que veamos la conexión de esta última
parte del coloquio de Jesús con la samaritana: en la sección anterior se
constató que el pozo del corazón de la samaritana estaba seco. La pregunta que
subyace en el fondo de esta nueva sección es ¿Cómo puedo beber del agua viva en
el manantial inagotable que ofrece Jesús?, o mejor, ¿Qué es lo que le puede dar
saciedad al pozo inquieto de mi corazón, buscador incansable de una experiencia
fuerte de “vida”?
Sólo hasta ahora Jesús puede responder a la oración de
la samaritana:
“Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla” (v.15).
“Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla” (v.15).
La respuesta es: en la comunión con Dios. La
samaritana puede comprender mejor el don porque:
• Ha descubierto la relación estrecha que hay
entre Jesús y Dios (es el “Profeta” y “Mesías”)
• Se ha descubierto a sí misma, particularmente
en aquello que la separa de la comunión con Dios: su pecado.
El tema que afronta Jesús es el de Dios mismo y la
forma como es posible alcanzar una relación auténtica (quién es el “verdadero
adorador”) con él. En esa relación se crea el espacio para recibir
el don: en la comunión con el Padre la vida terrena encuentra su plenitud y se
convierte en fuente inagotable que sumerge al hombre en la hondura de la
eternidad, de la vida inagotable. El encuentro con Dios en la persona de
Jesús tiene como meta la comunión con el Padre creador, fuente última de la
vida.
No se trata de un tema más en el Evangelio, sino todo
lo contrario, aquí está el núcleo de la misión salvífica de Jesús: “Esta es la
vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has
enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). Jesús ha venido para dar vida (Jn 10,10;
17,2) y esta vida se construye mediante la profunda relación con Dios en la
persona de Jesús, que es el contenido del conocimiento que él nos da.
(2) La evolución interna de la samaritana: De pecadora
a adoradora de Dios
Aunque la samaritana ahora juega el rol de una
“oyente” de la enseñanza reveladora de Jesús, el relato nos presenta también
algunas actitudes personales suyas que vale la pena destacar.
Llama la atención el hecho de que ahora sea la
samaritana quien tome la iniciativa para poner el tema de conversación.
Ya no está a la defensiva (como en el v.9), la revelación que Jesús le ha hecho
sobre ella misma no le ha infundido miedo sino, por el contrario, una tremenda
confianza. La mujer aprovecha, entonces, para sacar al ruedo sus inquietudes
más profundas como samaritana.
La mujer toma la palabra en cuanto samaritana, es
decir, en cuanto miembro de un pueblo orante pero dividido. Ella, en nombre de
sus paisanos, tiene la valentía de proponer el problema que en realidad los
divide, esto es, el de la separación del culto de Jerusalén después de la
muerte de Salomón, situación que ha permanecido por casi un milenio de historia
y que toda la fibra más honda de la experiencia religiosa del Israel. La
cuestión es:
¿Cuál es el verdadero lugar para adorar a Dios?
¿Será Jerusalén o Garizim?
¿El templo de donde Usted viene (ver Jn 2,13-22) o aquél que está al frente de nosotros?
¿Será Jerusalén o Garizim?
¿El templo de donde Usted viene (ver Jn 2,13-22) o aquél que está al frente de nosotros?
La samaritana saca a relucir lo mejor de ella
misma. Se presenta a sí misma como una mujer que sabe o intuye por su fe
que en la comunión con Dios está la plenitud de la vida. Pero hay un problema
que le impide estar segura de esa comunión con Dios.
(3) La revelación de Jesús: Del lugar al modo de la
adoración de Dios
Jesús le enseña a la samaritana cómo ser una auténtica
adoradora de Dios. Detengámonos en el núcleo de esta sección y veamos
cómo se desarrolla la catequesis de Jesús (vv.21-24).
El punto de partida es interesante. No se
refirió a la oración de petición. Ella podría haber dicho: “estoy ante un
profeta, un hombre de Dios, aprovechemos para pedir cosas”. Por el contrario,
apuntó a lo más difícil y comprometedor, a la oración de adoración, es
decir, al reconocimiento de Dios como Creador y Señor de su vida.
Para el pueblo de la Biblia normalmente la adoración
se hacía habitualmente con un gesto físico: la inclinación profunda o
postración, besando el piso (por ejemplo: Apocalipsis 4,9-11; 7,11-12), a la
cual generalmente se le agregaban unas palabras que expresaban el amor y la
entrega absoluta del orante (por ejemplo: el ciego de nacimiento en Jn 9,38,
Marta en Jn 11,32; María en Jn 20,16-17). Es interesante notar que el término
griego que expresa la adoración es “pros-kyneo” que significa “caer a los pies
de otro”. Pues bien, los samaritanos y los judíos discutían cuál sería el
lugar preciso, el lugar destinado por Dios para realizar la adoración.
Jesús le enseña a la samaritana a ser auténtica
adoradora de Dios haciéndole caer en cuenta que la cuestión no es de lugar sino
de modo:
- No el lugar: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre...” (v.21)
- Sino el modo: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad” (vv.21.23).
- No el lugar: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre...” (v.21)
- Sino el modo: “Llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad” (vv.21.23).
Por lo demás, Jesús expresa que esta manera de
relacionarse con Dios está establecida por el mismo Dios a quién él ahora llama
claramente “Padre” (vv.21.23.23; no genéricamente “Dios”, como en el v.10).
Dios Padre busca adoradores que lo adoren:
- Como Padre
- En Espíritu
- En Verdad
- Como Padre
- En Espíritu
- En Verdad
Como Padre. No se puede adorar a quien no se
conoce (“nosotros adoramos lo que conocemos”, v.22). No se puede adorar a quien
no descubrimos vivo y eficaz como Señor y Creador dentro de nuestra propia
historia. No se puede adorar cuando no se toma conciencia de su actuar
creativo dentro de la propia vida.
Jesús es quien verdaderamente conoce al Padre (“Decís:
‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco”, Jn
8,54-55; “Yo le conozco, porque vengo de él y él es quien me ha enviado”, Jn
7,29) y quien nos revela su rostro de manera nueva y definitiva (“A Dios nadie
la visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha
contado”, Jn 1,18) en su propio rostro (“si me conocierais a mí, conoceríais
también a mi Padre”, Jn 8,19; ver 14,7-10).
El problema, entonces, ya no es judío ni samaritano.
La revelación de Dios ha dado un nuevo paso hacia delante. Por esto, en
adelante, es decir, a partir del anuncio de Jesús, será posible conocer a Dios
de una manera nueva y definitiva y reconocerlo mediante una forma de oración,
también nueva, que exprese este conocimiento: el reconocimiento de Dios
(=adoración) como Padre que vivifica a sus hijos.
En Verdad. La “Verdad” es Jesús mismo (“Yo soy... la
Verdad”, Jn 14,6) en cuanto lo reconocemos como Palabra salvífica de Dios
venida al mundo (“La Gracia y la Verdad nos han llegado por Jesucristo”, Jn
1,17).
Pero la verdad es también el obrar cristiano, como
verdadero discípulo de Jesús. Nuestra tarea es realizar nuestras acciones
en Dios (“Obrar en la Verdad”, Jn 3,21), iluminados por la enseñanza de Jesús
(“Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y
conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”, Jn 8,31-32).
La verdadera adoración
- Brota del conocimiento del rostro del Padre y de su actuar, revelados en la persona de Jesús.
- Está anclada en la trasparencia de la vida, de manera que no hay contradicción entre fe y actuar.
- Brota del conocimiento del rostro del Padre y de su actuar, revelados en la persona de Jesús.
- Está anclada en la trasparencia de la vida, de manera que no hay contradicción entre fe y actuar.
En Espíritu. Se trata de la experiencia del estar
sostenido en la relación con el Padre por el Espíritu Santo. Él es quien
nos centra permanentemente en Jesús (“Es Espíritu de la verdad os guiará hasta
la verdad completa”, Jn 16,13) el perfecto adorador del Padre (ver Jn 17).
Orar “en Espíritu” es presupuesto fundamental de la
oración cristiana. La oración no es el resultado del esfuerzo humano
porque no podemos alcanzar a Dios o conocerlo en su verdadera realidad
únicamente con nuestras fuerzas. El hombre es “carne”, es decir, es
limitado, es débil, es caduco. Dios, por el contrario “es Espíritu”
(v.24), es decir, lleno de una infinita e indestructible fuerza de vida.
El Espíritu es el don de Jesús, simbolizado en el
Evangelio como un “agua viva” que mana de su interior (ver Jn 7,37-38), de su
costado atravesado por la lanza (ver Jn 19,34), que trae la alegría y la
plenitud de vida en todos los momentos de la existencia (ver nuestra lectura de
las Bodas de Caná), del cual renacemos por el agua (ver Jn 3,5), el cual
reciben todos los que creen en él (ver Jn 7,39).
En fin, la relación con Dios no se construye desde
nuestros presupuestos. La verdadera adoración a Dios, actitud que abre e
inserta nuestra vida en la infinita grandeza del Dios Padre que nos da la vida,
sólo puede hacerse sostenida por el Espíritu e iluminada por la Verdad.
La adoración es un don de Dios y se nos da en la
persona de Jesús. Por medio de él es que renacemos del Espíritu (Jn 3,5). Es en
él que descubrimos la verdad de Dios y de nosotros mismos (“Soy Rey, para esto
he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”, Jn
18,37).
De esa manera Jesús nos indica y nos concede la
verdadera adoración de Dios, la justa y decisiva relación con Dios. La
oración es el ejercicio de la comunión estrecha y profunda con Dios.
Esta es la “fuente que mana” con todo su vigor, que no
se agota nunca, el agua que extingue toda sed y nos da la vida eterna.
2. Segunda parte:
Jesús y sus discípulos (Jn 4,27-38)
De la misión de Jesús
a la misión de los discípulos.
Habiendo seguido paso a paso, detalle
tras detalle, el encuentro de Jesús con la samaritana, pasamos ahora a la
relectura que se hace de este encuentro desde el ángulo de los seguidores de
Jesús, los discípulos. En esta segunda parte del relato distinguimos dos
momentos construidos en torno a la palabra de Jesús: “Alzad vuestros ojos y ved
los campos, que blanquean ya para la siega” (4,35b).
Estos dos momentos tienen que ver con las
consecuencias que el encuentro tiene tanto para la samaritana como para el
grupo de los discípulos. Por una parte, el encuentro de Jesús con la samaritana
resulta exitoso, ella es el primer fruto maduro de su misión y los resultados
comienzan a verse. Por otra parte, los discípulos deben percibir las verdaderas
dimensiones de lo sucedido para comprender mejor a su maestro y para descubrir
el papel que juegan dentro de la obra que él está realizando en el mundo.
Estos dos momentos son:
- La reacción de la samaritana y la venida de los samaritanos al encuentro de Jesús. Este éxito apostólico en el Evangelio de Juan es como el primer fruto maduro de la misión de Jesús (vv.28-30).
- La lección para los discípulos (vv.31-38). Jesús les dio ejemplo de cómo se hace una misión, ahora los discípulos deben “tomar nota” y hacer el aprendizaje para su propia vida apostólica.
- La reacción de la samaritana y la venida de los samaritanos al encuentro de Jesús. Este éxito apostólico en el Evangelio de Juan es como el primer fruto maduro de la misión de Jesús (vv.28-30).
- La lección para los discípulos (vv.31-38). Jesús les dio ejemplo de cómo se hace una misión, ahora los discípulos deben “tomar nota” y hacer el aprendizaje para su propia vida apostólica.
2.1. La fe de la samaritana: primer fruto maduro
de la misión de Jesús
La última palabra que la samaritana escuchó de Jesús
fue: “Yo soy” (v.26).
El ruido de la llegada de los discípulos –con los
paquetes del almuerzo- no nos permite escuchar la respuesta de fe de la
mujer. De hecho, el relato nos dice expresamente que la samaritana
“crea”, aunque un primer indicio se manifestó cuando le pidió al Señor “Dame de
esa agua” (v.15). La conversación se acaba de repente.
Pero tenemos los detalles de la reacción de la mujer
que “deja el cántaro” (ya ni recuerda a qué vino al pozo), “corre a la ciudad”
y le “anuncia a la gente” (v.28). La samaritana se convierte en apóstol
que va a tocar las puertas de las casas de Sicar para predicarles lo que ha
vivido.
El comportamiento de la mujer no es nuevo en el
Evangelio, ella imita a los primeros discípulos que le comparten a otros lo que
han encontrado (“Hemos encontrado al Mesías”, 1,41; ver también 1,45) y de esa
manera los atraen hacia Jesús. También la samaritana lleva a los otros a
creer.
El texto subraya también, con pocas pero exactas
palabras, el éxito de la misión de la mujer: “Salieron de la ciudad e iban
donde él” (v.30). Lo que empezó como una simple conversación privada
termina en una nube de gente que, todavía en el filo del mediodía, corre donde
Jesús “agua viva”.
El silencio de relato con respecto a la confesión de
fe de la mujer delante de Jesús y la pregunta abierta “¿No será el Cristo?”
(v.29), nos permite entender que el camino con Jesús apenas comienza para
ella. La samaritana tiene ante sí toda una tarea: conocer más a fondo la
persona y el don de Jesús. En el itinerario del encuentro quedan puestos
como unos puntos suspensivos... Como los discípulos, todavía le falta por
recorrer el camino que conduce hasta la Cruz.
2.2. La misión de
los discípulos
Los discípulos entran en la escena de improviso y no
entienden lo que está pasando. Ellos están regresando de la ciudad de
Sicar, después de haber comprado el almuerzo (v.8). Los discípulos se llevan
una doble sorpresa:
- El Maestro está hablando con una mujer (v.27).
- El Maestro no quiere comer (v.31).
- El Maestro está hablando con una mujer (v.27).
- El Maestro no quiere comer (v.31).
Como sucedió con la samaritana, para quien el punto de
partida de la conversación fue la bebida, en el caso de los discípulos el punto
de partida es la comida.
Junto al mismo pozo, y teniendo en horizonte la
multitud que viene corriendo hacia Jesús, se desarrolla el segundo coloquio de
este relato (vv.31-38).
La importancia de este coloquio se ve no sólo en el
contenido sino el hecho de que sea, en todo el Evangelio, y tal como lo
señalamos al comienzo de este capítulo, la primera conversación prolongada de
Jesús con su comunidad de discípulos. Ellos lo acompañan constantemente, pero
es raro que Jesús se dirija exclusivamente a ellos (excepto el discurso de
despedida en Jn 14-16).
¿Cuál es el tema de la conversación?
Con la mujer que vino a buscar agua al pozo, Jesús le
habló de su don: el agua incomparable. Pero con los discípulos el asunto es al
contrario, Jesús habla del alimento del cual él mismo vive.
El diálogo con los discípulos integra dos temas
importantes:
- Jesús les enseña que sobre qué se sostiene su obrar (al comienzo del discurso: 4,34).
- Jesús afirma por primera vez que ellos participan de su misión y le enseña de qué manera (al final del discurso: 4,38).
En el medio, Jesús propone una comparación que ilumina las dos enseñanzas.
- Jesús les enseña que sobre qué se sostiene su obrar (al comienzo del discurso: 4,34).
- Jesús afirma por primera vez que ellos participan de su misión y le enseña de qué manera (al final del discurso: 4,38).
En el medio, Jesús propone una comparación que ilumina las dos enseñanzas.
Primera enseñanza: “Mi alimento es hacer la voluntad
del que me ha enviado y llevar a cabo su obra” (v.34).
Jesús dice que no viene en nombre propio, ni que obra
por propia voluntad, él es el “enviado” del Padre y toda vida apunta a hacer la
voluntad del Padre.
Todo lo que Jesús proclama y su don para la humanidad
es un hacer concreto el don de Padre, llevando a cumplimiento las palabras:
“Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que
crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (3,16).
Un ejemplo concreto es lo que Jesús acaba de hacer con
la samaritana y lo que está a punto de suceder con sus paisanos de Sicar. El
don salvífico del Padre en la persona de Jesús no es una promesa de futuro, es
ya una realidad (ver 4,35), los discípulos lo tienen ante sus ojos.
Con la comparación de los vv.36-37, del sembrador y
del segador, se da a entender que todo el encuentro de Jesús con la samaritana
tiene como base la pedagogía de Dios: en el fondo de todo es el Padre quien ha
preparado y conducido el encuentro.
Segunda enseñanza: “Yo os he enviado a segar donde
vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de
su fatiga” (v.38).
La misma comparación del sembrador y del segador
(vv.36-37), tiene un segundo nivel: así como el Padre lo ha estado en el suyo,
Jesús está en trasfondo de la misión de los discípulos (ver también Jn 17,18 y
20,21).
En otras palabras: todo lo que hacen los discípulos de
Jesús en el mundo, depende completamente de lo que ya ha hecho precedentemente
Jesús.
Los discípulos son llamados a tomar parte de la obra
de Jesús y a continuarla. Pero no hay que olvidar que la verdadera fatiga en la
misión es de Jesús (dice el Salmo 127,1: “Si Yahvé no construye la casa, en
vano se afanan los constructores”).
Es interesante esta táctica de la pedagogía de Jesús:
después de haber realizado personalmente una misión, introduce a sus discípulos
en su misma misión. Jesús, quien ha sido el segador allí donde había
sembrado el Padre, ahora aparece como el sembrador que envía a sus discípulos
como segadores.
3. Tercera parte:
Jesús y los samaritanos de Sicar (Jn 4,39-42), una ciudad evangelizada
Del “Creyeron en él por las palabras de la mujer”
(v.39)
al “nosotros mismos hemos visto y oído... y creemos” (v.42).
al “nosotros mismos hemos visto y oído... y creemos” (v.42).
La conversación de Jesús con los discípulos fue un paréntesis que presentó las consecuencias y lo que, en última instancia, había en el trasfondo del encuentro con la samaritana. Sobre ese horizonte Jesús insertó la misión de sus discípulos.
Pero la historia apenas está por terminar.
Curiosamente la samaritana ha aplicado la misma
táctica que utilizó Jesús con sus dos primeros discípulos (que fueron sus
primeras palabras en el Evangelio): “Vengan y vean” (v.29; ver 1,39a). Y así
como allí, también se inicia una convivencia con Jesús que se prolonga en el
tiempo (= “Permanecer”, v.40; ver 1,39b).
En primer lugar, la samaritana llevó al pueblo al
encuentro con Jesús. Ella dio su testimonio y planteó una pregunta “¿No
será el Cristo?” (v.29). El pueblo respondió con su fe: “Creyeron en él
por la palabras de la mujer que atestiguaba...” (v.39).
En segundo lugar, el creer del pueblo condujo al
“permanecer”. De esta manera la fe de los samaritanos se ejercitó como
comunión, como relación estrecha con Jesús, insertándolo dentro del tejido
urbano: “Le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días” (v.40).
En tercer lugar, la comunión con Jesús (el
“permanecer”) lleva al pueblo a experimentar directamente lo que la samaritana
apenas les daba por referencia. Consecuencia de esto es que Jesús gana
directamente nuevos creyentes: “Y fueron muchos más lo que creyeron por sus
palabras” (v.41).
Este último paso es decisivo. A Jesús se le
descubre en dos etapas consecutivas:
- Por las palabras de los testigos: “Creyeron en él por las palabras de la mujer” (v.39).
- Por la relación personal con él: “Ya no creemos por tus palabras” (v.42).
- Por las palabras de los testigos: “Creyeron en él por las palabras de la mujer” (v.39).
- Por la relación personal con él: “Ya no creemos por tus palabras” (v.42).
En el permanecer con Jesús, el pueblo se vuelve
discípulo y llega a la confesión de fe más alta de todo este encuentro:
“Sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (v.42). La
ignorancia de los samaritanos (v.22) se vuelve conocimiento (“sabemos”).
Efectivamente, sólo en la continua y abierta comunión con él se puede tener
experiencia de quién es él y qué don nos puede ofrecer.
La acogida del don, entonces, se convierte en experiencia de
salvación. El reconocimiento de Jesús como “Salvador” es el
reconocimiento de que Jesús es el don del amor del Padre “para que todo el que
crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna; porque Dios no ha enviado al
mundo para juzgar al mundo sino para que se salve por él” (3,16-17).
Llegamos así al revolcón del Evangelio: mientras los judíos, de quienes
viene la salvación (v.22), rechazan a Jesús (4,1), los samaritanos, los más
alejados e ignorantes, resultan ser los que mejor lo acogen y llegan a hacer
una experiencia de salvación.
En conclusión, Jesús ha conducido con maestría un encuentro con él,
haciendo de un encuentro peligroso (v.9) un encuentro verdaderamente salvífico
(v.42).
4. Releamos el evangelio con un Padre de la Iglesia:
Dos textos de San Agustín nos pueden ayudar a releer el texto.
4.1. La Sed de Jesús
“El Señor quería hacerle comprender a la samaritana que no le había pedido
el agua de que ella hablaba, sino que tenía sed de su fe y a ella, que tenía
sed de agua, deseaba darle el Espíritu Santo.
Pensamos precisamente que esta agua viva es e aquel don de Dios del cual el Señor hablaba cuando decía: ‘¡Si conocieras el don de Dios!’.
Y como el mismo evangelista Juan lo atestigua en otro lugar: ‘Jesús, poniéndose de pie, exclamó en voz alta: Si alguno tiene sed, que venga a mi y beba; quien cree en mí –como dice la Escritura- de su interior brotarán ríos de agua viva’ (Juan 7,37). (…)
Los ríos de agua viva que el Salvador quería darle a aquella mujer eran, por lo tanto, el premio de la fe, del cual, ante todo, Él mayor sed tenía de ella”.
Pensamos precisamente que esta agua viva es e aquel don de Dios del cual el Señor hablaba cuando decía: ‘¡Si conocieras el don de Dios!’.
Y como el mismo evangelista Juan lo atestigua en otro lugar: ‘Jesús, poniéndose de pie, exclamó en voz alta: Si alguno tiene sed, que venga a mi y beba; quien cree en mí –como dice la Escritura- de su interior brotarán ríos de agua viva’ (Juan 7,37). (…)
Los ríos de agua viva que el Salvador quería darle a aquella mujer eran, por lo tanto, el premio de la fe, del cual, ante todo, Él mayor sed tenía de ella”.
(San Agustín de Hipona, “Ochenta y tres cuestiones diversas”)
4.2. La fatiga del fuerte
“Cansado del camino, Jesús estaba sentado junto a la fuente. Era
aproximadamente el mediodía. Comienzan los misterios: No es en vano que Jesús
se cansa; no es en vano que se cansa aquél que es la fuerza de Dios; no es en
vano que se cansa aquél que nos restaura cuando estamos cansados, que cuando
está presente estamos firmes, y enfermos cuando nos deja (…).
Por ti Cristo se cansó del caminar. Encontramos a Jesús fuerte y encontramos a Jesús débil; Jesús fuerte y Jesús débil.
Fuerte, porque en el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dos y el Verbo era Dios…
¿Quieres saber cuán fuerte es este Hijo de Dios? Todo fue hecho por medio de Él y nada se hizo sin Él. Y sin fatiga lo hizo.
¿Quieres conocerlo débil? El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. La fuerza de Cristo te creó; la debilidad de Cristo te recreó. La fuerza de Cristo hizo que existiera lo que no era; la debilidad de Cristo hizo que no pereciese lo que era.
Con su fuerza nos creó, con su debilidad nos buscó”
(Agustín, “Sobre el Evangelio de Juan”, tr. 15,6)
Por ti Cristo se cansó del caminar. Encontramos a Jesús fuerte y encontramos a Jesús débil; Jesús fuerte y Jesús débil.
Fuerte, porque en el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dos y el Verbo era Dios…
¿Quieres saber cuán fuerte es este Hijo de Dios? Todo fue hecho por medio de Él y nada se hizo sin Él. Y sin fatiga lo hizo.
¿Quieres conocerlo débil? El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. La fuerza de Cristo te creó; la debilidad de Cristo te recreó. La fuerza de Cristo hizo que existiera lo que no era; la debilidad de Cristo hizo que no pereciese lo que era.
Con su fuerza nos creó, con su debilidad nos buscó”
(Agustín, “Sobre el Evangelio de Juan”, tr. 15,6)
5. PARA CULTIVAR LA SEMILLA DE
LA PALABRA EN LA VIDA:
1. ¿Cuál es el esquema del relato? ¿Qué itinerario pedagógico sigue?
2. ¿Quién era la mujer samaritana? ¿Cuál es su perfil?
3. ¿Qué títulos de Jesús van apareciendo a lo largo del relato? ¿Qué
importancia tiene?
4. ¿En qué consiste el “don” de Dios?
5. ¿Qué enseña este relato para mi vida bautismal?
6. Siento sed espiritual con frecuencia?
7. Què pozos frecuento para saciarla?
RESPONDA LAS PREGUNTAS DE ACUERDO AL DOCUMENTO.
