martes, 7 de mayo de 2013






VIRTUDES HUMANAS
Los actos moralmente buenos producen como fruto las virtudes humanas. Estas son disposiciones estables de nuestro entendimiento y actitudes firmes de nuestra voluntad, que regulan nuestras pasiones y ordenan nuestra conducta conforme al llamado amoroso que nos hace Cristo Jesús.
Por desempeñar una tarea básica tan básica en nuestra vida espiritual, la iglesia llama “cardinales” a las siguientes cuatro virtudes:
PRUDENCIA: guía la conciencia en su juicio y es la recta de la acción, como la llama Santo Tomás; nos mueve a discernir en toda ocasión cuál es nuestro verdadero bien para así elegir los medios más apropiados para alcanzarlo.
JUSTICA: nos llena de una firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.
FORTALEZA: modera la atracción que sentimos por los placeres, nos hace sobrios en nuestra manera de vivir, alejándonos así de vicios y de conductas cuando menos ridículas. Las anteriores cuatro virtudes morales se adquieren a través de un esfuerzo humano, con la ayuda del Espíritu Santo.



LAS VIRTUDES TEOLOGALES
Se llaman teologales por tener como origen y fin a Dios mismo. Son garantía de la acción del Espíritu Santo en nosotros, pues es EL quien nos las infunde para hacernos capaces de actuar siempre como hijos de Dios y así llegar al Reino de los cielos. Crecen en nosotros cuando practicamos buenas obras.
FE: es un don de Dios, un regalo que nos hace sin que hayamos hecho méritos para merecerlo. “Creer es un acto del entendimiento, que asiente a la verdad divina por el imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia” (Tomás de Aquino). Por la fe creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado en las sagradas Escrituras y a través de la iglesia.

ESPERANZA: es el anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre: nos da fuerzas en nuestros desalientos para no dejarnos sucumbir.

CARIDAD: es la virtud que nos permite amar a Dios sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, por amor de Dios. San Pablo así la describe en su carta a los corintios  (1 Co 13.4-7): “El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con bajeza ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta".